“Hay una mujer que tiene algo de Dios por la inmensidad de su amor y mucho de ángel por la incansable solicitud de sus cuidados.” Reza el primer verso de “Retrato de una Madre”, que viene a mi memoria hoy día cinco de Febrero cuando se cumplen cuatro años desde que mi madre me dejó.
Esta fue la única vez que realmente me dejó, porque ella estuvo a mi lado siempre, aunque después que me casé no vivíamos en el mismo domicilio, tenía casa a unas cuantas cuadras de ella, Ahora siento su ausencia física, porque ella está continuamente en forma espiritual, en mi recuerdo presente.
Fui su primera hija, recibí su gran amor, sus delicados cuidados, también sus enseñanzas y las reprimendas necesarias para mi formación.
Son tantos los recuerdos que vienen hoy a mi memoria, que la muestran con una abnegación a toda prueba, siempre dispuesta a satisfacer los caprichos de sus hijos, apoyándolos y queriéndolos sin condición alguna. Sólo contaré uno que siempre viene a mi memoria, a pesar del paso del tiempo, yo tenía entre once y doce años.
Ella se esmeraba en mi época de estudiante apoyándome y cuidándome siempre, recuerdo que cuando terminé la preparatoria y debía seguir los cursos superiores, humanidades, como se llamaban por ese entonces, por ir a un mejor colegio, que quedaba un tanto lejos de donde vivíamos, tenía que levantarme de madrugada y ella con su entrega de madre protectora, me acompañaba hasta el paradero de la micro, en invierno a eso de las 06:40 o antes, con lluvia o frío, sin luz natural. Allí estaba conmigo en la fila, donde la mayoría de los pasajeros que aguardaban locomoción eran trabajadores y uno que otro estudiante, si hasta escuché cómo le solicitaba, al chofer, a escondidas mías, que me cuidara.
Cuando yo era adulta no niego que tuviéramos algunas diferencias, pero cuando la necesitaba allí estaba ella para auxiliarme en mis problemas, si se me enfermaba un hijo y no podía llevarlo al jardín o sala cuna, ella a cualquier hora, muy temprano se trasladaba a mi casa solícita a cuidarlo, para poder cumplir así con mi trabajo. Esto lo hacía con un cariño y abnegación incomparable.
Ella era la que se postergaba por sus hijos y su marido, dando una entrega sin límites, en extremo diría yo, quizás en esos años era común este actuar, debido a la dependencia de la esposa.
Fue pilar de una familia numerosa, cuatro hijos, diez nietos y dos biznietas. La tuvimos en cuerpo presente hasta sus ochenta y cuatro años de vida.
Me arrepiento no haber dicho unas palabras en el momento de sus exequias, para haberla despedido como se merecía, pero en esos instantes de dolor no hay mucha coordinación mental. Ahora que escribo en este blog, quise hacerle un homenaje.
Mi hija escribió para su querida abuelita Meche, en la tarjeta de agradecimiento, a todos los que nos acompañaron el día de su funeral, lo siguiente:
“Siempre con amor, esmero y recelo protegió a los suyos. La recordaremos tal como era, con esa mirada iluminante, similar a una mirada espiritual, la que solamente tiene aquella madre que con su piel sedosa cautiva, la que en su regazo siempre quiso proteger a todos los que ella amó. Queremos sentir su mirada, oir su risa y respirar su suave y grato olor, que jamás olvidaremos porque sentimos que nos rodea, acompañándonos desde la eternidad, dándonos su protección y amor, tal como lo hizo en vida”.
Y cierro este escrito con otra frase del “Retrato de una Madre” : “Una mujer, que mientras vive, no la sabemos estimar, porque a su lado todos los dolores se olvidan pero después de muerta, daríamos todo lo que poseemos, por mirarla un sólo instante, por recibir de ella un sólo abrazo y por escuchar un sólo acento de sus labios”.



Se parece mucho a ti tiene tu misma cara de buena , de amable y bondadosa
como eres tu.
mil besos y abrazos de maria